Una jaula, ahí es donde te
retengo. Entre las cuatro paredes de la habitación de mi mente, bajo el oscuro
cielo en el valle de mi memoria, sobre el frío suelo de mis emociones, así te
retengo yo en mi cabeza. Me susurras, pidiendo un rescate de oro maldito,
poniéndome trampas en mis sueños repletos de ti, hasta que mis ojos deciden
abrirse quitándote la nitidez, como el que tira agua a un cristal y lo deja
secar al sol. Así eres tú conmigo, pues, como te retengo en la prisión de mi
cuerpo, me haces pagar el arrendo. Espero que, al menos, y por cortesía, me
vayas abandonando con cada lágrima derramada, hasta que de ti no me quede más
que un vano recuerdo marchito. Mi piel parece de hormigón, mis huesos de acero,
mi corazón… ¡Ay! Mi corazón se ha hecho veneno con tu dulce quemazón de
aguardiente barato. Directamente de la botella te bebí, sin pensar en la resaca
que me dejarías, a saber por cuánto tiempo habré de pagarte la cuenta… Pero, ya
te digo, sigue luchando por salir. A veces, cuando te pienso, me duele la
cabeza de tanto que intentas escapar, raspando los muros acorazados con tus
afiladas uñas de cuervo (pues cual pájaro carroñero te cerniste sobre mí). Pero
estoy tranquila, porque sé que el día que me de cuenta de que hay una ventana
en las paredes de mi mente, será cuando corra el viento libre sin tu presencia,
refrescando mi cabeza de tu perfume de indiferencia y escepticismo hacia la
vida.
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